martes, 8 de julio de 2014

Línea Amarilla


Otro día más de camino al trabajo, bajo los escalones que dan al andén. Hay personas esperando, tres minutos para que llegue el metro. Saco mi móvil, nada nuevo, son las ocho menos cuarto, he dormido poco pero estoy acostumbrado. Busco con la mirada un asiento en el que sentarme a esperar; no hay: son pocos y están ocupados. Oigo un ruido de un tren lejano, se amplifica, el túnel se ilumina y el vehículo aparece veloz por las vías. Se detiene, abre las puertas, la gente sale, los que estaban sentados se levantan. Intento entrar pero una persona con un carrito de bebé se interpone en mi camino, espero a que pase primero, para cuando llego al vagón ya no hay asientos libres. Me apoyo en una barra, me tocará ir de pie otra vez. Ocho paradas, un transbordo, dos paradas y llego. No parecía mucho cuando lo hice el primer día. Ahora, la rutina se vuelve desoladora. No estoy acostumbrado a este medio de transporte.


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Cuando llego me entero de que alguien se ha caído a las vías. Hay personal del metro sacándole, es un hombre de mediana edad de aspecto ordinario. El tren no llega hasta que no haya peligro para nadie, la gente del andén lo comentan entre ellos. Noto con curiosidad cómo estas personas que no se conocen encuentran en la muerte un tema interesante del que hablar. Las puertas del vagón se abren, encuentro sitio y me apodero de él. Esta vez las ocho paradas las pasaré cómodo.

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Nada más bajar me encuentro a mí mismo recordando la escena de ayer, y no puedo evitar pensar en la insensatez de lanzarse a las vías cuando aún quedan minutos para que el metro llegue. Me pregunto si lo que querría esa persona era morir, y dejo la mente en blanco durante unos momentos. El tren chirría al hacer su aparición. No he encontrado respuesta, y no me molestaría hallarla. El interior del vagón está prácticamente vacío, y lo considero extraño. Me siento, miro a mi derecha y dejo que se pierda la mirada hacia el final del alargado pasillo. Allí es donde encuentro la otra persona viajando conmigo en el mismo vehículo. Él me mira desde la distancia, y me resulta familiar. Se está tocando la oreja igual que lo hago yo. No distingo bien sus rasgos, pero se parece a mí. Cuando pierdo el interés, él lo pierde también. Ocho paradas más tarde, me levanto para apearme en mi estación. Muy poca gente ha subido o bajado en el trayecto, miro hacia el final del pasillo, y la persona que vi antes sigue allí. También se ha puesto de pie, y se agarra a la barra del mismo modo que lo estoy haciendo yo. Se parece mucho a mí. Cuando salgo le busco en el andén para fijarme mejor en él pero no le veo. Pensaba que había salido. Camino a lo largo del vagón para verle desde fuera, no está por ninguna parte.

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De nuevo un día de trabajo, llego a la estación de metro, me dispongo a bajar por las escaleras hasta el andén pero algo llama mi atención: el ascensor, nunca he bajado en él. Decido que esta es una buena ocasión para usarlo, monto y doy al botón. A través de las paredes de cristal negro, descubro que el ascensor no se está moviendo hacia abajo, sino horizontalmente. Pego el rostro al cristal, trato de ver a través de él, apenas distingo los carriles por los que se mueve. Se detiene en su destino, se abre la puerta y estoy en el andén, pero no he descendido en absoluto. Me siento confuso y la persona delante de mí se da cuenta. Doy varias vueltas sobre mí mismo, miro a las escaleras, me acerco a ellas, las subo. El ascensor está en la planta de abajo, pero no he bajado. Llamo al botón, y aparece a los pocos segundos. Oigo al tren llegar pero sigo desorientado. Rechazo volver a montarme en el ascensor, me alejo de él y bajo por las escaleras, el andén está vacío y el metro ya en movimiento. Lo observo alejarse por el túnel. Aún no salgo de mi asombro, me toca esperar al siguiente así que camino a lo largo del andén y me siento en un banco. El que más alejado está del ascensor.

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Un día más ahí abajo, mirando con la mente vacía a las vías del tren. Me fijo en que entre ellas hay rejillas que dan a un suelo más profundo. Está oscuro, puede que sea la suciedad, puede que no. Poco a poco me aproximo a la línea amarilla que delimita la zona segura de la que supone un peligro para los que esperan. El sonido del tren aproximándose debería sacarme de mis cavilaciones, pero no lo hace. Sé que pronto hará acto de presencia en esas vías, y de repente pienso que no me importaría saltar. Lo que hay más abajo de las rejillas me está llamando. Algo sale de ellas. Parece humo negro, serpenteante. El metro cruza por delante de mi vista a escasos centímetros y se posiciona en el andén, devolviéndome a la realidad. Entro por la puerta y me quedo de pie durante el trayecto. Si había algo más allá de la rejilla o sólo fue mi imaginación es algo que no sé. Llevo dos paradas aguardando mi destino cuando me percato de algo: hay otras seis personas en el vagón, y a ninguna le veo la cara. Todos ellos están dándome la espalda, incluso los que van sentados. Trato de mirarle el rostro a alguien a través del reflejo en el cristal, pero sólo veo sombra. No entiendo nada. Me quiero bajar. En la siguiente estación me apeo sin pensármelo, y me quedo a esperar al siguiente tren.

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Dos días más tarde, me encuentro a mí mismo en el mismo andén, esperando al mismo metro. Procuro no mirar al ascensor. Procuro no mirar a las rejillas del andén. Procuro no mirarle a la cara a nadie, y es difícil porque está repleto de gente. Desvío la mirada de las vías aunque mi vista alcanza a distinguir algo moviéndose por ellas. Subir al tren es una tarea complicada, apenas hay espacio libre y no puedo evitar establecer contacto físico con otros viajeros. Procuro no mirar a nadie, pero alguien habla detrás de mí. Todos los días son iguales, ¿verdad?, me dice el hombre. Llegar aquí, esperar, coger el metro, salir de aquí… Ojalá algo cambiara hoy. El tipo parece que me habla a mí directamente, así que no puedo hacer mucho por ignorarle. Me doy la vuelta y le digo, sí, ojalá algo cambiara alguna vez. Pero detrás no hay ningún hombre, sino una joven que me observa con cara de extrañeza. ¿Qué?, me dice. A su lado no hay hombres tampoco. Me fijo bien. Otra joven a su lado con una niña en brazos, una mujer de mediana edad delante de mí, una señora mayor sentada. No hay ningún hombre en el vagón. Me llevo las manos a la cabeza y me pregunto si me estoy volviendo loco. Estoy seguro de que oí a un hombre. Trato de relajarme y aguanto el viaje hasta mi transbordo. Subo escaleras, atravieso pasillos, bajo escaleras, y vuelvo a introducirme en el andén. Esta vez voy solo. Dos paradas y ya estoy. Me levanto del asiento y pulso el botón para abrir las puertas del vagón. Justo antes de bajarme, la misma voz masculina se dirige a mí alto y claro: todo cambiará muy pronto. Me permito asustarme y me doy la vuelta con rapidez. No hay nadie. ¡No hay nadie! Salgo corriendo. Nadie en el andén. Nadie en las escaleras. Nadie en ninguna parte.

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Me da miedo ir al trabajo. Me cojo un taxi. Me cobran tanto dinero que no puedo permitírmelo ningún día más.

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No hay combinación de autobuses, debo regresar al metro. Trato de mantener la compostura mientras atravieso los tornos, bajo al andén y aguardo a mi tren. Nada sucede por el momento, lo agradezco, pero tengo el corazón palpitante. Cinco minutos para que llegue. La mirada se me va automática hacia las rejillas entre las vías. No hay humo, ni sombra, nada sale de ellas. Aparto la vista convenciéndome de que no ocurre nada malo. El metro llega. No ocurre nada. La gente es normal, tienen rostros, hay hombres y mujeres. Nadie me habla al oído. Me relajo y efectúo el trasbordo con normalidad. El siguiente tren va un poco más vacío, me siento y fijo la mirada en el cristal. El vehículo atraviesa los negros túneles con sinuosa quietud. Pienso que todo va bien, pero el tren se tambalea, se oye un ruido sordo, piedras siendo machacadas por las ruedas. Una lluvia de sangre viscosa se adhiere al metro por fuera, acompañado de pequeños trozos de organismo. Abro la boca pero no sale ningún grito. Nadie se ha dado cuenta. ¿Nadie? El metro acababa de atropellar a alguien en el túnel. Nadie se había fijado, nadie lo había oído, ¿nadie? El tren se detiene sólo unos instantes más tarde en mi estación. Estoy temblando, me levanto pero las piernas me palpitan. Camino al exterior, siento pánico de observar cómo será el aspecto del vagón por fuera. Pero no puede ser, no hay nada. No hay sangre, ni vísceras, sólo una pared de vagón sucia. No comprendo absolutamente nada, digo en voz alta. Lo comprenderás, contesta una voz de mujer. No quiero mirar hacia el lugar del que procede la voz. Sé que no habrá nadie. Estoy perdiendo la cabeza, pero soy capaz de entender el patrón de los acontecimientos. Entiendo que existe algo ahí abajo que quiere que me vuelva loco.

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Llego al subterráneo. Sé que sucederá algo. Lo sé, puedo sentirlo. No hay nadie esa mañana en el andén, y ni siquiera me preocupa. Sé que ya no es el momento de hacer que pierda la compostura. Las rejillas de entre los andenes, pienso, hay algo bajo ellas. Humo. Me aproximo, y el humo se intensifica, sale de entre las rendijas e invade mi suelo. Pronto, toda la estación se ve envuelta en hollín, limitando mi visión. Las rendijas se contraen sobre sí mismas y se hacen a un lado, mostrándome el interior. El humo se aparta creando el camino para llegar hasta el hueco; debo bajar a las vías. Obedezco, y me asomo por el agujero, unas escaleras descienden en la negrura. Bajo por ellas con cuidado, no veo nada enfrente de mí, sólo el siguiente peldaño. Me doy la vuelta para mirar el lugar del que procedo, pero es inútil, se ve tanto hacia arriba como hacia abajo. Escalón a escalón, me doy cuenta de que llevo mucho tiempo descendiendo y que nunca se acaban. Noto que la escalera desciende en caracol, y que al fondo empieza a distinguirse un resplandor. Es agua negra que ocupa hasta donde la vista alcanza. Me detengo cuando los escalones se introducen en el pozo, no sé qué ocurrirá ahora. Aguardo, hasta que la superficie se ondula. Un tentáculo negro hace acto de presencia, y una voz habla por toda la cavidad. En lo más profundo del océano negro, hasta la luz muere, dicen las voces de hombre y mujer que había escuchado en el metro con anterioridad, mezcladas y hablando al unísono. Un cuerpo brillante surge de entre las aguas, acompañado de más tentáculos retorciéndose sobre el cielo negro. Gracias a la tenue luz que surge de algún punto en la caverna observo una superficie viva llena de rostros. Estoy ante la cara del terror. Mis piernas fallan por completo, le pregunto quién es. Incluso aquí abajo, eres incapaz de distinguir lo que es real de lo que no, me dicen las voces, soy el desconocido, el dios hundido, el que yace delirando, el olvidado, el de los muchos rostros y el de ninguno. Abre una gigantesca boca que separa en dos los rostros de los que se compone su cuerpo. La muerte está muy cerca, ¿deseas unirte a mí? Me pregunta, mostrando varias hileras de colmillos que ocupan todo mi limitado campo de visión. ¿Es que acaso aguarda mi respuesta? La oscuridad se cierra al mismo tiempo que sus fauces de locura.

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La mañana siguiente amanece con la noticia en el periódico de un hombre que saltó a las vías justo cuando el metro estaba a punto de llegar, perdiendo la vida en el acto. Le gente se arremolina en el lugar del suceso. La ocasión prefecta para elegir a una nueva víctima.

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